Día 23

Tú tienes las llaves

Sabiduría Salmos 14:1-7
Nuevo Testamento Mateo 16:1-20
Antiguo Testamento Génesis 45:1-47:12

Introducción

El 15 de enero de 2009, el vuelo 1549 de US Airways colisionó con una bandada de gansos. Ambos motores fallaron. El avión sobrevolaba Nueva York. Se cernía un desastre potencial. No solo los 155 ocupantes del vuelo estaban en peligro sino también miles más podían morir si el avión chocaba contra los rascacielos de la ciudad. El capitán Chesley B. «Sully» Sullenberger III pilotó el avión con inmensa habilidad y valentía. Realizó un aterrizaje de emergencia exitoso sobre el río Hudson. Ni un solo pasajero murió ni hubo heridas graves. Días después el alcalde de Nueva York le concedió al piloto heroico, que había salvado a tantos, las llaves de la ciudad.

Darle a alguien las llaves de una ciudad implica un privilegio enorme. Es un símbolo de acceso y autoridad. Las llaves se dan usualmente en reconocimiento por algún servicio notable a una ciudad. En el Nuevo Testamento vemos que Jesús es quien tiene las llaves. El cristo resucitado dice: «… tengo las llaves de la muerte y del infierno» (Apocalipsis 1:18). Por medio de su muerte y resurrección, Jesús ha logrado una salvación más grande que la que cualquier ser humano pudiera alcanzar. La autoridad que él ostenta como resultado de ello es también la más grande que pueda existir: tiene las llaves de la vida y la muerte.

De manera sorprendente, Jesús le da a Pedro y la Iglesia (esto es, a nosotros) «las llaves del reino» (Mateo 16:19). Y pensar que hay tantos cristianos que se sienten sin fuerzas, sin ninguna clase de autoridad espiritual. Al parecer no entienden lo que Jesús les ha dado. ¡Tú no eres alguien desprovisto de fuerza! Tienes el gran privilegio de haber recibido «las llaves del reino».

Sabiduría

Salmos 14:1-7

Salmo 14

Al director musical. Salmo de David.

1 Dice el necio en su corazón:
 «No hay Dios.»
Están corrompidos, sus obras son detestables;
 ¡no hay uno solo que haga lo bueno!

2 Desde el cielo el Señor contempla a los mortales,
 para ver si hay alguien
 que sea sensato y busque a Dios.
3 Pero todos se han descarriado,
 a una se han corrompido.
No hay nadie que haga lo bueno;
 ¡no hay uno solo!

4 ¿Acaso no entienden todos los que hacen lo malo,

 los que devoran a mi pueblo como si fuera pan?
 ¡Jamás invocan al Señor!
5 Allí los tienen, sobrecogidos de miedo,
 pero Dios está con los que son justos.
6 Ustedes frustran los planes de los pobres,
 pero el Señor los protege.

7 ¡Quiera Dios que de Sión
 venga la salvación de Israel!
Cuando el Señor restaure a su pueblo,
 ¡Jacob se regocijará, Israel se alegrará!

Comentario

Disfruta del acceso a Dios

Recibir «las llaves del reino» (Mateo 16:19) significa recibir acceso a Dios. Es lo que Jesús logró por nosotros. Dios siempre ha buscado a quienes lo buscan a él (Salmo 14:2). Puedes disfrutar del acceso a Dios.

Pero nadie es justo. La humanidad por entero ha pecado. Cada uno de nosotros se ha corrompido (vv.1,3; citados en Romanos 3:9-12).

David describió esta corrupción en términos generales (v.1b), pero también ofreció dos ejemplos específicos:

  • Negar la existencia de Dios

«Dice el necio en su corazón: “No hay Dios”» (v.1).

  • Fallar en cuanto a asistir al pobre

«Ustedes frustran los planes de los pobres, pero el Señor los protege» (v.6).

El reino de Dios implica buscar a Dios y procurar justicia para el pobre, y esa es exactamente la nota con la que este salmo concluye. David clama a Dios: «¡Quiera Dios que de Sion venga la salvación de Israel!» (v.7a).

¡Gracias a Dios lo hizo! La salvación para Israel vino de Sion en la persona de Jesús. Vivió, murió y resucitó para hacer posible que puedas recibir el perdón, ser justificado por su sangre y recibir acceso al Padre (Efesios 2:18). Ahora Jesús te da las llaves del reino de Dios.

Oración

Señor, gracias por haberme dado una justicia que no procede de mis méritos. Gracias por darme acceso al Padre. Señor, ¡hoy te busco!

Nuevo Testamento

Mateo 16:1-20

Le piden a Jesús una señal

16Los fariseos y los saduceos se acercaron a Jesús y, para ponerlo a prueba, le pidieron que les mostrara una señal del cielo.

2 Él les contestó: «Al atardecer, ustedes dicen que hará buen tiempo porque el cielo está rojizo, 3 y por la mañana, que habrá tempestad porque el cielo está nublado y amenazante. Ustedes saben discernir el aspecto del cielo, pero no las señales de los tiempos. 4 Esta generación malvada y adúltera busca una señal milagrosa, pero no se le dará más señal que la de Jonás.» Entonces Jesús los dejó y se fue.

La levadura de los fariseos y de los saduceos

5 Cruzaron el lago, pero a los discípulos se les había olvidado llevar pan.

6 —Tengan cuidado —les advirtió Jesús—; eviten la levadura de los fariseos y de los saduceos.

7 Ellos comentaban entre sí: «Lo dice porque no trajimos pan.» 8 Al darse cuenta de esto, Jesús les recriminó:

—Hombres de poca fe, ¿por qué están hablando de que no tienen pan? 9 ¿Todavía no entienden? ¿No recuerdan los cinco panes para los cinco mil, y el número de canastas que recogieron? 10 ¿Ni los siete panes para los cuatro mil, y el número de cestas que recogieron? 11 ¿Cómo es que no entienden que no hablaba yo del pan sino de tener cuidado de la levadura de fariseos y saduceos?

12 Entonces comprendieron que no les decía que se cuidaran de la levadura del pan sino de la enseñanza de los fariseos y de los saduceos.

La confesión de Pedro

13 Cuando llegó a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

—¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

Le respondieron:

14 —Unos dicen que es Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o uno de los profetas.

15 —Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

16 —Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente —afirmó Simón Pedro.

17 —Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás —le dijo Jesús—, porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo. 18 Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella. 19 Te daré las llaves del reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. 17 —Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás —le dijo Jesús—, porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo. 18 Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella. 19 Te daré las llaves del reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

20 Luego les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.

Comentario

Recibe las llaves por la fe

El contexto de la enseñanza de Jesús sobre las llaves del reino es entender y reconocer quién es Jesús. Así como leímos en el salmo de hoy, Dios busca «alguien que sea sensato» (Salmo 14:2b), de modo que Jesús se mostró bastante sorprendido por la falta de entendimiento de sus discípulos: «¿Todavía no entienden? […] ¿Cómo es que no entienden…?» (Mateo 16:9,11).

Entonces Pedro entendió repentinamente que Jesús es «el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (v.16). Fue en tal contexto que Jesús dio a Pedro «las llaves», diciendo: «… sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo» (vv.18-19).

Las palabras de Jesús fueron dirigidas a Pedro. Jesús va a edificar su iglesia sobre la fe que Pedro ha demostrado, similar a una roca. Pedro recibió las llaves del reino. En el día de Pentecostés, abrió la puerta a tres mil personas (Hechos 2:41). Abrió la puerta para el centurión gentil, Cornelio, y de este modo al mundo gentil entero (Hechos 10).

Pero no fue solo Pedro quien recibió las llaves del reino. Más adelante en el Evangelio de Mateo, Jesús asignó a sus discípulos una autoridad similar: «Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mateo 18:18).

Estos son la responsabilidad y el privilegio extraordinarios que Jesús nos concede como Iglesia. Nos da las llaves del reino, como si nos dijera: «Tendrán acceso libre y total al reino de Dios, las llaves que abren toda y cada una de las puertas: no más barreras entre el cielo ni la tierra, la tierra ni el cielo. Un “sí” en la tierra es un “sí” en el cielo. Y un “no” en la tierra es un “no” en el cielo».

Jesús dice, por cierto, que el poder del infierno no podrá derrotar a la persona que tenga fe en él (v.18). La Iglesia, armada con las llaves del reino, puede derribar las puertas del infierno y liberar a los cautivos.

«Las puertas del reino de la muerte» no podrán sostenerse contra la Iglesia. Las puertas son defensivas, no ofensivas. Es la Iglesia la que está a la ofensiva, de modo que puedes tener la certeza de la victoria contra las defensas del enemigo.

Asimismo puedes disfrutar del maravilloso privilegio de ver a la gente recibir la libertad por la predicación de la buena noticia del reino. Puedes gozarte al ver gente librándose de la drogodependencia, el alcoholismo, el delito o cualquier otra atadura. Puedes afrontar desafíos con confianza, sin temor al mal, sabiendo que participas de una autoridad espiritual significativa.

Oración

Señor, gracias por tu promesa de que lo que atemos aquí en la tierra será atado en el cielo, y lo que desatemos en la tierra será desatado en el cielo.

Antiguo Testamento

Génesis 45:1-47:12

José se da a conocer

45José ya no pudo controlarse delante de sus servidores, así que ordenó: «¡Que salgan todos de mi presencia!» Y ninguno de ellos quedó con él. Cuando se dio a conocer a sus hermanos, 2 comenzó a llorar tan fuerte que los egipcios se enteraron, y la noticia llegó hasta la casa del faraón.

3 —Yo soy José —les declaró a sus hermanos—. ¿Vive todavía mi padre?

Pero ellos estaban tan pasmados que no atinaban a contestarle. 4 No obstante, José insistió:

—¡Acérquense!

Cuando ellos se acercaron, él añadió:

—Yo soy José, el hermano de ustedes, a quien vendieron a Egipto. 5 Pero ahora, por favor no se aflijan más ni se reprochen el haberme vendido, pues en realidad fue Dios quien me mandó delante de ustedes para salvar vidas. 6 Desde hace dos años la región está sufriendo de hambre, y todavía faltan cinco años más en que no habrá siembras ni cosechas. 7 Por eso Dios me envió delante de ustedes: para salvarles la vida de manera extraordinaria y de ese modo asegurarles descendencia sobre la tierra. 8 Fue Dios quien me envió aquí, y no ustedes. Él me ha puesto como asesor del faraón y administrador de su casa, y como gobernador de todo Egipto. 9 ¡Vamos, apúrense! Vuelvan a la casa de mi padre y díganle: “Así dice tu hijo José: ‘Dios me ha hecho gobernador de todo Egipto. Ven a verme. No te demores. 10 Vivirás en la región de Gosén, cerca de mí, con tus hijos y tus nietos, y con tus ovejas, y vacas y todas tus posesiones. 11 Yo les proveeré alimento allí, porque aún quedan cinco años más de hambre. De lo contrario, tú y tu familia, y todo lo que te pertenece, caerán en la miseria.’ ” 12 Además, ustedes y mi hermano Benjamín son testigos de que yo mismo lo he dicho. 13 Cuéntenle a mi padre del prestigio que tengo en Egipto, y de todo lo que han visto. ¡Pero apúrense y tráiganlo ya!

14 Y abrazó José a su hermano Benjamín, y comenzó a llorar. Benjamín, a su vez, también lloró abrazado a su hermano José. 15 Luego José, bañado en lágrimas, besó a todos sus hermanos. Sólo entonces se animaron ellos a hablarle.

16 Cuando llegó al palacio del faraón la noticia de que habían llegado los hermanos de José, tanto el faraón como sus funcionarios se alegraron. 17 Y el faraón le dijo a José: «Ordena a tus hermanos que carguen sus animales y vuelvan a Canaán. 18 Que me traigan a su padre y a sus familias. Yo les daré lo mejor de Egipto, y comerán de la abundancia de este país. 19 Diles, además, que se lleven carros de Egipto para traer a sus niños y mujeres, y también al padre de ustedes, 20 y que no se preocupen por las cosas que tengan que dejar, porque lo mejor de todo Egipto será para ustedes.»

21 Así lo hicieron los hijos de Israel. José les proporcionó los carros, conforme al mandato del faraón, y también les dio provisiones para el viaje. 22 Además, a cada uno le dio ropa nueva, y a Benjamín le entregó trescientas monedas de plata y cinco mudas de ropa. 23 A su padre le envió lo siguiente: diez asnos cargados con lo mejor de Egipto, diez asnas cargadas de cereales, y pan y otras provisiones para el viaje de su padre. 24 Al despedirse de sus hermanos, José les recomendó: «¡No se vayan peleando por el camino!»

25 Los hermanos de José salieron de Egipto y llegaron a Canaán, donde residía su padre Jacob. 26 Al llegar le dijeron: «¡José vive, José vive! ¡Es el gobernador de todo Egipto!» Jacob quedó atónito y no les creía, 27 pero ellos le repetían una y otra vez todo lo que José les había dicho. Y cuando su padre Jacob vio los carros que José había enviado para llevarlo, se reanimó. 28 Entonces exclamó: «¡Con esto me basta! ¡Mi hijo José aún vive! Iré a verlo antes de morirme.»

Jacob viaja a Egipto

46Israel emprendió el viaje con todas sus pertenencias. Al llegar a Berseba, ofreció sacrificios al Dios de su padre Isaac. 2 Esa noche Dios le habló a Israel en una visión:

—¡Jacob! ¡Jacob!

—Aquí estoy —respondió.

3 —Yo soy Dios, el Dios de tu padre —le dijo—. No tengas temor de ir a Egipto, porque allí haré de ti una gran nación. 4 Yo te acompañaré a Egipto, y yo mismo haré que vuelvas. Además, cuando mueras, será José quien te cierre los ojos.

5 Luego Jacob salió de Berseba, y los hijos de Israel hicieron que su padre Jacob, y sus hijos y sus mujeres, subieran en los carros que el faraón había enviado para trasladarlos. 6 También se llevaron el ganado y las posesiones que habían adquirido en Canaán. Fue así como Jacob y sus descendientes llegaron a Egipto. 7 Con él se llevó a todos sus hijos, hijas, nietos y nietas, es decir, a todos sus descendientes.

8 Éstos son los nombres de los israelitas que fueron a Egipto, es decir, Jacob y sus hijos:

Rubén, el primogénito de Jacob.

9 Los hijos de Rubén:

Janoc, Falú, Jezrón y Carmí.

10 Los hijos de Simeón:

Jemuel, Jamín, Oad, Jaquín, Zojar y Saúl, hijo de una cananea.

11 Los hijos de Leví:

Guersón, Coat y Merari.

12 Los hijos de Judá:

Er, Onán, Selá, Fares y Zera. (Er y Onán habían muerto en Canaán).

Los hijos de Fares:

Jezrón y Jamul.

13 Los hijos de Isacar:

Tola, Fuvá, Job y Simrón.

14 Los hijos de Zabulón:

Séred, Elón y Yalel.

15 Éstos fueron los hijos que Jacob tuvo con Lea en Padán Aram, además de su hija Dina. En total, entre hombres y mujeres eran treinta y tres personas.

16 Los hijos de Gad:

Zefón, Jaguí, Esbón, Suni, Erí, Arodí y Arelí.

17 Los hijos de Aser:

Imná, Isvá, Isví, Beriá,

y su hermana que se llamaba Sera.

Los hijos de Beriá:

Héber y Malquiel.

18 Éstos fueron los hijos que Zilpá tuvo con Jacob. Zilpá era la esclava que Labán le había regalado a su hija Lea. Sus descendientes eran en total dieciséis personas.

19 Los hijos de Raquel, la esposa de Jacob:

José y Benjamín. 20 En Egipto, José tuvo los siguientes hijos con Asenat, hija de Potifera, sacerdote de On: Manasés y Efraín.

21 Los hijos de Benjamín:

Bela, Béquer, Asbel, Guerá, Naamán, Ehí, Ros, Mupín, Jupín y Ard.

22 Éstos fueron los descendientes de Jacob y Raquel, en total catorce personas.

23 El hijo de Dan:

Jusín.

24 Los hijos de Neftalí:

Yazel, Guní, Jéser y Silén.

25 Éstos fueron los hijos que Jacob tuvo con Bilhá. Ella era la esclava que Labán le regaló a su hija Raquel. El total de sus descendientes fue de siete personas.

26 Todos los familiares de Jacob que llegaron a Egipto, y que eran de su misma sangre, fueron sesenta y seis, sin contar a las nueras. 27 José tenía dos hijos que le nacieron en Egipto. En total los familiares de Jacob que llegaron a Egipto fueron setenta.

28 Jacob mandó a Judá que se adelantara para que le anunciara a José su llegada y éste lo recibiera en Gosén. Cuando llegaron a esa región, 29 José hizo que prepararan su carruaje, y salió a Gosén para recibir a su padre Israel. Cuando se encontraron, José se fundió con su padre en un abrazo, y durante un largo rato lloró sobre su hombro. 30 Entonces Israel le dijo a José:

—¡Ya me puedo morir! ¡Te he visto y aún estás con vida!

31 José les dijo a sus hermanos y a la familia de su padre:

—Voy a informarle al faraón que mis hermanos y la familia de mi padre, quienes vivían en Canaán, han venido a quedarse conmigo. 32 Le diré que ustedes son pastores que cuidan ganado, y que han traído sus ovejas y sus vacas, y todo cuanto tenían. 33 Por eso, cuando el faraón los llame y les pregunte a qué se dedican, 34 díganle que siempre se han ocupado de cuidar ganado, al igual que sus antepasados. Así podrán establecerse en la región de Gosén, pues los egipcios detestan el oficio de pastor.

47José fue a informarle al faraón, y le dijo:

—Mi padre y mis hermanos han venido desde Canaán con sus ovejas y sus vacas y todas sus pertenencias. Ya se encuentran en la región de Gosén.

2 Además, José había elegido a cinco de sus hermanos para presentárselos al faraón. 3 Y éste les preguntó:

—¿En qué trabajan ustedes?

—Nosotros, sus siervos, somos pastores, al igual que nuestros antepasados —respondieron ellos—. 4 Hemos venido a vivir en este país porque en Canaán ya no hay pastos para nuestros rebaños. ¡Es terrible el hambre que acosa a ese país! Por eso le rogamos a usted nos permita vivir en la región de Gosén.

5 Entonces el faraón le dijo a José:

—Tu padre y tus hermanos han venido a estar contigo. 6 La tierra de Egipto está a tu disposición. Haz que se asienten en lo mejor de la tierra; que residan en la región de Gosén. Y si sabes que hay entre ellos hombres capaces, ponlos a cargo de mi propio ganado.

7 Luego José llevó a Jacob, su padre, y se lo presentó al faraón. Jacob saludó al faraón con reverencia, 8 y el faraón le preguntó:

—¿Cuántos años tienes?

9 —Ya tengo ciento treinta años —respondió Jacob—. Mis años de andar peregrinando de un lado a otro han sido pocos y difíciles, pero no se comparan con los años de peregrinaje de mis antepasados.

10 Luego Jacob se despidió del faraón con sumo respeto, y se retiró de su presencia.

11 José instaló a su padre y a sus hermanos, y les entregó terrenos en la mejor región de Egipto, es decir, en el distrito de Ramsés, tal como lo había ordenado el faraón. 12 José también proveyó de alimentos a su padre y a sus hermanos, y a todos sus familiares, según las necesidades de cada uno.

Comentario

Abre puertas y ve vidas cambiadas

«Solo el que ha experimentado el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema», escribió Alejandro Dumas. Jacob (Israel) y su familia habían pasado por un dolor profundo. Pero ahora experimentaban una felicidad suprema.

En ocasiones trato de ocultar mis emociones. Pero José era un hombre de emociones intensas. Al identificarse ante sus hermanos, «comenzó a llorar tan fuerte que los egipcios se enteraron» (45:2). «Luego José, bañado en lágrimas, besó a todos sus hermanos» (v.15). Las emociones son una parte significativa de nuestra realidad como seres creados con manos y pulmones. No temas mostrar tus emociones. Jesús lloró y mostró compasión públicamente.

José perdonó totalmente a sus hermanos (v.5). En su libro Total Forgiveness [Perdón total], R. T. Kendall describe esta realidad en términos personales como una de las cosas más difíciles que se le podrían haber pedido, pero también lo más grandioso que nunca le podrían solicitar: «Una bendición inesperada emergió al comenzar a perdonar: vino a mi corazón una paz que no había sentido por años».

José fue capaz de entender que pese a las dificultades por las que había pasado, pudo ser usado por Dios para «salvar vidas» (v.5). Tres veces expresa que fue Dios quien lo envió (vv.5,7-8).

José dice: «… no se aflijan más ni se reprochen el haberme vendido, pues en realidad fue Dios quien me mandó delante de ustedes para salvar vidas» (v.5).

Al mirar atrás veo cuántas veces me preocupé innecesariamente. Si solo hubiera confiado en Dios de manera absoluta me hubiera ahorrado mucha confusión. Considera cuánto debe haber sufrido Jacob por José cuando Dios en realidad tenía todo bajo control.

Jesús dijo que vino a cumplir el Antiguo Testamento (Mateo 5:17-20). La historia de José es un buen ejemplo de ello: Jesús cumplió lo que fue anticipado por José. El sufrimiento de José fue parte del plan de Dios para salvar a su pueblo. Al salvar a su pueblo, Dios hizo de José administrador y gobernante sobre todo Egipto (Génesis 45:8-9).

Una de las claves del reino es entender que Jesús es el Salvador del mundo, ver que detrás de la cruz estaba la mano de Dios salvando vidas a través el sufrimiento de Jesús por una salvación de «manera extraordinaria» (v.7). Dios ha hecho de Jesús no un mero gobernante terrenal sino Señor de toda la creación.

El héroe del vuelo 1549 salvó a 155 personas y recibió las llaves de Nueva York. José salvo la vida del pueblo de Dios y fue hecho administrador de todo Egipto. Jesús salvó al mundo y recibió las llaves del reino, las cuales delega en su Iglesia. ¡Qué privilegio inmenso tienes!

Oración

Gracias, Señor, porque por medio de Jesús puedo recibir el perdón total. Ayúdame a perdonar por completo a los demás. Gracias porque esta es una de las llaves del reino. Que podamos, como Iglesia, usar las llaves para abrir las puertas del reino de la muerte y liberar a los cautivos.

Añadidos de Pippa

Pippa añade:

Génesis 45:1–47:12

La reconciliación solo es posible con una gran dosis de perdón. El perdón de José a sus hermanos fue total: amor que cubrió una multitud de pecados. Si yo hubiera sido Jacob tal vez me hubiera enfurecido con mis hijos por todo el sufrimiento que me hicieron vivir. Pero Jacob estaba demasiado gozoso por saber que su hijo seguía vivo. Todos habrán quedado maravillados por el extraordinario plan de rescate hecho por Dios.

Versículo del día

Mateo 16:19

'Te daré las llaves del reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.'

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Referencias

Notas:

Alexandre Dumas, El conde de Montecristo, (Anaya, 2004).

R.T. Kendall, Perdón Total, (Casa Creación, 2004)

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